Y nos abrazamos eternamente. En el silencio, en la inquietud que me habita, en la soledad que existe en los cuerpos más próximos que se desvincularon de los hechos que formaron verbos con nosotros. Ya no hay refugio en tu cuello, ni valentía en mis labios, ni complicidad, pero nos abrazamos eternamente.
Habíamos aprendido a dolernos sin llegar a matarnos, a jugar con el miedo y a torturarnos en prueba de amor.
Y pese a todo, no fue suficiente. Aunque nos abracemos eternamente, aunque el cariño se nos escape por los poros y se confunda piel con piel.
Abro los ojos y ahí estás, con tus caricias de brisa por mi cuello y tu aliento sobre mis labios. Aléjate... Aléjate porque si me besas ahora te querré para siempre.
Sin embargo, no sé cómo hemos acabado con lágrimas en los ojos, amándonos odiándonos otra vez.
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